Estudiar en un entorno rodeado de naturaleza y al aire libre beneficia el aprendizaje, por eso en Agora International School Andorra lo practicamos

Estudiar en medio de la naturaleza es algo que solo unos pocos han experimentado pero que, sin embargo, es placentero y bueno para el desarrollo infantil a nivel físico, emocional e intelectual. En Agora International School Andorra sabemos bien de qué hablamos.

Imagina estudiar en un espacio rodeado de naturaleza, en el que el silbido de los pájaros, el crujir de los árboles, el sonido del viento o la claridad del cielo y del sol fueran los principales protagonistas. Ahora, imagina estudiar en medio de una ciudad llena de bullicios donde el sonido que entra por la ventana es el de camiones, coches y su claxon. ¿Cuál de los dos escenarios reporta más paz en tu cabeza?

Volver a conectar a los niños con la naturaleza debería ser una de las máximas de cualquier organismo educativo y de cualquier familia. En la actualidad, existe una carencia real de contacto con la flora y la fauna: según una investigación dirigida por varias marcas británicas, los niños no suelen superar los 30 minutos al día al aire libre. De hecho, los resultados demostraban que pasan tres de cada cuatro horas encerrados en una habitación. Un hecho cada vez más real que llevó, incluso, al periodista estadounidense Richard Louv a acuñar el término ‘déficit por naturaleza’. Y es que, según él, los peques sufren afecciones físicas y emocionales provocadas por esa falta de contacto con el aire libre a diario.

Y es que, además de ser buena y necesaria para su salud física y emocional, la naturaleza es la mejor amiga del aprendizaje. Los beneficios de estudiar en un entorno natural son muchos y la ciencia tiene la respuesta. Son muchos los estudios que han hablado ya sobre cómo estudiar al aire libre mejora el afianzamiento de conceptos en los alumnos. Uno de ellos fue el llevado a cabo por Ming Kuo, profesora asociada del Departamento de Recursos Naturales y Ciencias del Medio Ambiente de la Universidad de Illinois. Para llevar a cabo el análisis, que fue publicado en la revista Fronteras en Psicología, la profesora revisó gran parte de la literatura científica que demostraban los beneficios del contacto de los niños  con la naturaleza y llegó a la siguiente conclusión: «es hora de tomar en serio a la naturaleza como un recurso para el aprendizaje. De hecho, la tendencia de aumentar la enseñanza en interiores con la esperanza de maximizar el rendimiento puede estar haciendo más daño que bien».

Aprender en la naturaleza: más concentración, menos estrés

No es ninguna casualidad que cada vez sea más conocido el término ‘bosque-escuela’ como filosofía de aprendizaje. Este aproximación pedagógica, muy extendida en países como Estados Unidos o Alemania, fue definida en 2002 por la Forest School Association como «un proceso inspiracional que ofrece oportunidades regulares para que niños, jóvenes y adultos desarrollen su autoestima y la confianza en ellos mismos mediante experiencias de aprendizaje activo en el entorno natural cercano». Basa su razón de ser en los numerosos estudios científicos que han hablado y siguen hablando de los beneficios de llevar a cabo el proceso de aprendizaje en medio de un entorno natural.

Sin ir más lejos, ya María Montessori habló de los beneficios del bosque en los niños: «no hay descripción ni imagen en libro alguno que sea capaz de reemplazar la visión de árboles reales y toda la vida que gira a su alrededor, en un bosque verdadero», decía.

Además de ella, a lo largo del tiempo se han sucedido diferentes investigaciones que han concluido los beneficios del aprendizaje en el medio natural y que en Agora International School Andorra tenemos muy presentes:

  • Disminuye el estrés y aumenta la resiliencia: el estudio ‘Green schoolyards as havens from stress and resources for resilience in childhood and adolescence’, publicado en 2014, se centró en investigar cómo los recreos verdes beneficiaban a los estudiantes. Para ello, los investigadores observaron tres tipos de contacto con la naturaleza en tres franjas de edad diferentes: niños de 6 a 12 años que pasaron el recreo en un bosque, estudiantes de 9 a 13 años que tomaron clases curriculares al aire libre y estudiantes de 14 a 18 años que desempeñaban clases de jardinería programadas. ¿La conclusión? Todos los grupos de edad mostraron efectos positivos sobre el estrés y la atención. Además, mejoran factores de protección para la resiliencia.
  • Contribuye al desarrollo de las habilidades sociales y cognitivas: a menos, así lo confirma este estudio llevado a cabo con estudiantes que combinaban las clases al aire libre con las convencionales
  • Jugar en la naturaleza hace más felices a los niños: así lo confirma un estudio publicdo en el National Institutes of Health que observó cómo jugar con el barro aumenta en los niños los niveles de serotonina.
  • Mejora su sistema inmune: «los niños que juegan en espacios verdes mantienen una microbiota cutánea e intestinal más diversa, junto con otros signos de un sistema inmunológico mejor regulado». Así explicaban investigadores de la Universidad de Helsinki las conclusiones del estudio que llevaron a cabo con peques de diferentes jardines de infancia en Finlandia.
  • Mejora el bienestar de los estudiantes, pero también el de los profesores: de hecho, tan solo con pasar una o dos horas de aprendizaje al aire libre a la semana, aumentaría la satisfacción laboral de los profesores y el bienestar de los niños, según explicaban investigadores de la Universidad de Swansea (en Reino Unido).
24 / 06 / 21